Trabajo sobre el tratado PADRE NUESTO de Cipriano de Carthago realizado por Manuel Pinar Gascón. Fecha de entrega: 13-06-2011.
Resumen vida de San Cipriano
San Cipriano es uno de los más importantes Padres de la Iglesia africana.
Nacido en el año 200 en Carthago, se convirtió al cristianismo cuando era mayor de 40 años. Su mayor inspiración fue un sacerdote llamado Cecilio. Una vez bautizado descubrió la fuerza del Espíritu Santo capacitándolo para ser un hombre nuevo. Se consagró al celibato.
Tuvo un gran amor al estudio de las Sagradas Escrituras por lo que renunció a libros mundanos que antes le eran de gran agrado. Fue ordenado obispo por aclamación popular, el año 248, al morir el obispo de Cartago. Quiso resistir pero reconoció que Dios le llamaba. “Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes”. Fue gran maestro y predicador.
En el año 251, el emperador Decio decreta una persecución contra los cristianos, sobre todo contra los obispos y libros sagrados. Muchos cristianos, para evitar la muerte, ofrecen incienso a los dioses, lo cual representa caer en apostasía.
Cipriano se esconde pero no deja de gobernar, enviando frecuentes cartas a los creyentes, exhortándoles a no apostatar.
Cuando cesó la persecución y volvió a la ciudad se opuso a que permitieran regresar a la Iglesia a los que habían apostatado sin exigirles penitencia. Todo apóstata debía hacer un tiempo de penitencia antes de volver a los sacramentos. Esta práctica era para el bien del penitente que de esta forma profundizaba su arrepentimiento y fortalecía su propósito de mantenerse fiel en futuras pruebas. Esto ayudó a muchos a fortalecer la fe y prepararse ya que pronto comenzaron de nuevo las persecuciones.
El año 252, Cartago sufre la peste de tifo y mueren centenares de cristianos. El obispo Cipriano organiza la ayuda a los sobrevivientes. Vende sus posesiones y predica con gran unción la importancia de la limosna.
El año 257 el emperador Valeriano decreta otra persecución aun mas intensa. Todo creyente que asistiera a la Santa Misa corre peligro de destierro. Los obispos y sacerdotes tienen pena de muerte celebrar una ceremonia religiosa. El año 157 decretan el destierro de Cipriano pero el sigue celebrando la misa, por lo que en el año 258 lo condenan a muerte.
Comentario sobre el tratado del Padre de Nuestro de San Cipriano
Este escrito de Cipriano de Carthago se escribió en torno al año 252, como comentario al Pater Noster, que se recitaba en la liturgia del bautismo.
El autor hacer ver en su exposición que los preceptos del Evangelio son lecciones del Señor, sobre el modo de orar. Dice que Dios a través de los profetas nos quiso decir muchas cosas, pero que finalmente envió a su Hijo como Palabra del Padre. Hace alusión al mensaje del bautista pero que es Cristo el mismo que nos allanará los caminos y termina la frase con otro mensaje de otro personaje del evangelio, del Nunc dimittis de Simeón.
Une el mensaje de Juan el Bautista con la bendición de Simeón para decirnos que es de Cristo de quien hablaban. Recurre a otros dichos de Jesús en el evangelio para decirnos que seamos verdaderos adoradores del Padre con verdadero espíritu., como cuando se dirigió Jesús a los que le preguntaban si debían adorar en un sitio u otro, Cipriano confirma las enseñanzas de Jesús sobre la forma de adorar, y por tanto de orar. Y que no perdamos el tiempo buscando palabras para llegar a Dios, pues ya Jesús nos las puso en nuestra boca y en nuestro corazón con la oración que nos enseñó, y más aún cuando fue el mismo Jesús el que dijo que todo cuanto pidierais en mi nombre os será concedido. Cipriano aúna las enseñanzas de Jesús sobre la oración en torno a la oración del Padre Nuestro. (1-3).
Sigue exponiendo la disciplina para practicar esta oración a ejemplo del Señor
Y recomienda hacerla con sencillez y con respeto, incluso hace referencia a la posición de porte del cuerpo cuando nos dirigimos a Dios, y que lo hagamos en intimidad, sin que nadie se entere de que estamos rezando como lo hacen los hipócritas, pues Dios conoce los entresijos de nuestro corazón y no necesitamos darles largas explicaciones de nuestra inquietudes ni que nadie nos halague por nuestra piedad. Utiliza el A.T., para apoyar esta tesis, cuando hace referencia a Ana, madre de Samuel, en el libro de los Reyes, que oraba en voz baja (Cuando en ese tiempo la costumbre era rezar en voz alta) y desde el interior y con fe, por eso Dios le escuchó y atendió su petición. Nos exhorta a pedir a Dios con sinceridad de corazón y humildad. Hace referencia también a la oración del publicano y el fariseo, y que la confesión de los pecados hace enternecer a Dios y lo predispone a justificarlo. (4-6).
Nos da después el texto completo de la fórmula del Padre Nuestro de uso entonces en Carthago (7).
A partir del punto 8 hasta el 27, comenta extensamente petición por petición. A continuación resumo punto por punto sus conclusiones:
Empieza diciendo que cuando se ora la mejor oración es la que se hace en común. Y en la oración por excelencia, no se dice Padre mío, sino Padre nuestro, utiliza el A.T para confirmar su tesis comentando la oración de los tres jóvenes en el fuego, que oraron a una y unánimemente, y eso que aún no se había revelado la oración que Cristo nos enseñó. Pasa a los Hechos donde relata la oración en común de los apóstoles con María antes de recibir el Espíritu Santo, y a la actitud de las primeras comunidades en las que perseveraban todos unánimes en la oración.(8)
Se emociona por la primera palabra de esta oración: Padre. El inmenso don que nos ha dado Dios por hacernos hijos suyos a través de la regeneración, de la salvación otorgada por medio de la Redención de Jesucristo, e invita a no llamar padre a nadie en la tierra como dijo Jesús, asumiendo así la nueva naturaleza que el cristiano ha recibido por parte de Dios.(9)
Y continúa dando gracias a Dios por el nuevo nacimiento que tenemos los cristianos de poder llamar a Dios Padre, que está en los Cielos, una gracia que rechazó el pueblo judío, y que fue al que primero quiso dársela, pero que estos rechazaron, y basa esto en relatos del profeta Isaías (Is.12-4) .(10)
Cipriano recomienda la oración frecuente en presencia de Dios y que le llamemos Padre. No todo el mundo puede hacerlo sino se lo ha concedido previamente Dios. Y nos invita a ser consecuente con esta nueva naturaleza de hijos de Dios que se nos ha concedido y que nuestros actos no desdigan lo que nuestros labios proclaman cuando llamamos a Dios Padre. Nos anima a glorificar a Dios en nuestro cuerpo. (Icor. 6,19).(11)
Cuando decimos “Santificado sea tu nombre” no se refiere a que nosotros podamos santificar el nombre de Dios, evidentemente, sino que su nombre sea santificado en nosotros. Nos anima, como nos dijo nuestro Señor Jesucristo, a ser Santos. “Sed santos, pues yo también lo soy” o en otra traducción “Sed santos, como vuestro Padre celestial lo es”. (12)
Continúa con la siguiente petición del Padre Nuestro: “Venga a nosotros tu reino” El reino lo lleva consigo Jesús, y se lo ofrece a todo el que acepta su mensaje y a él mismo. Para ello es necesario renunciar al reino de este mundo y solicitar mediante la oración constante el poder ser miembros de ese reino. (13)
“Cúmplase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Cipriano reconoce que el hombre es un ser sumamente débil y que necesita de la ayuda de Dios para obedecerle y tener discernimiento sobre la voluntad de Dios. Incluso Jesús, en Getsemaní, muestra su lado más humano ante el sufrimiento y pide a Dios que le aleje de pasar por ese trance, sin embargo le pide que no se cumpla su voluntad, sino la del Padre. Con mayor razón, hemos de pedir los cristianos ayuda para cumplir la voluntad de Dios.(14)
Cumplir la voluntad del Padre es sumarse a los sufrimientos de Cristo, pasar por donde él pasó, abrazar la cruz y no escandalizarse de las tribulaciones. Si queremos ser coherederos con Cristo, seguiremos los pasos de Jesús, cumpliendo la voluntad del Padre. (15)
Cipriano es muy consciente de la debilidad del hombre, y porque el hombre es carne y espíritu se da dentro de él una batalla que sin la ayuda de Dios sería imposible de ganar. Se apoya en la epístola de San Pablo a los Gálatas para confirmar este hecho, dejando claro que Dios quiere que prevalezca lo espiritual sobre lo terreno. (Gal. 5, 17-23) (16)
Cipriano exhorta a que pidamos por los hombres que aún son terrenales y no han gustado todavía ser celestes. Este estado se alcanza por el segundo nacimiento, del agua y del Espíritu.(17)
“El pan nuestro cotidiano danos hoy” Esto se puede interpretar de dos formas: literal o espiritualmente, porque ambos sentidos aprovechan para la salud del alma. Cristo es el pan de los que tomamos su cuerpo, y a continuación hace referencia a una cita de Juan en el evangelio referente a que Jesús es el pan bajado del cielo y que da la vida eterna al que lo comiere (Jn. 6, 53). Hace referencia clara a la Eucaristía.(18)
En lo referente a lo material, nos dice que nos contentemos con el sustento necesario para el cuerpo, ya que el discípulo de Cristo ha hecho una renuncia a los bienes de este mundo por seguirlo. Anima a creer en la providencia divina. Nos advierte de lo contradictorio de querer prosperar y vivir largo tiempo en este mundo cuando le pedimos que venga su reino cuanto antes. Aprovecha esta afirmación para exhortar por medio de un texto de San Pablo a Timoteo de la vanidad de las riquezas terrenales. ( I Tim. 6, 7-10) (19)
Nos enseña no sólo a menospreciar las riquezas, sino a considerarlas peligrosas. Cita la parábola del rico necio (Lc. 12,20) y anima a despreciar los bienes de este mundo y buscar lo verdadero y atesorar para el cielo. Para ello es necesaria la oración, pues para este tipo de desprendimiento de las riquezas es necesario prepararse con la oración adecuada. (20)
De nuevo alude a la providencia basándose en textos del A.T. y del evangelio. Nos habla de citas del libro de los Proverbios (Pr. 10,3) y de Psirácida (36,25) afirmando que nunca al justo le ha faltado la ayuda material de Dios. Y al discurso sobre la providencia enmarcado en el discurso de las bienaventuranzas. (Mt. 6,21-33). Comenta el sustento que le proporciona Dios a Daniel en la cueva de los leones y el sustento de Elías en su viaje de huida a la montaña sagrada, como le alimentan los cuervos. (21)
“Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestro deudores” Nos recuerda nuestra condición de pecadores y alude a la parábola del Señor que perdona la deuda de su siervo (Mt.18, 32) para que no caigamos en el mismo error del que se le perdonó la deuda y sin embargo él no perdonó la de su compañero. Nos advierte de que no caigamos en la ceguera de la soberbia y seamos humildes, reconociendo nuestra condición de pecadores cotidianos, y por si tuviéramos alguna duda nos lo recuerda con el texto de la I carta de Juan (I Jn. 1, 8-9) en la que dice que si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos, y la condición del reconocimiento del pecado para que Dios se apiade de nosotros y perdone nuestros pecados. (22)
Vuelve a insistir sobre la necesidad de perdonar y alude a la máxima de Jesucristo sobre la Ley y los profetas: Tratad a los demás como queráis que os traten a vosotros. Y recuerda que en el día del juicio se nos tratará conforme hemos tratado nosotros a los demás. Nos invita a vivir en paz y en concordia los unos con los otros, pues así lo quiere Dios, y prefiere la reconciliación a cualquier tipo de sacrificio u ofrenda dirigida a Dios.
Invita a imitar a la Santísima Trinidad, aunque no la llama así, dice literalmente: “Como están unidos el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. (23)
Esta afirmación, desde mi punto de vista, es muy importante, pues este tratado lo escribe en el año 252, y se anticipa a todos los concilios posteriores, Nicea (325), Constantinopla (381), Efeso (431) y Calcedonia (451) referentes a la definición progresiva de las personas de la Trinidad y las une en base al amor entre ellos haciendo distinción de las tres personas divinas.
Este punto lo basa en el amor fraternal y en la intención de corazón en la plegaria del hombre, poniendo como ejemplo a Abel en contraposición a Caín, y la incompatibilidad de aborrecer al hermano y poseer el Reino de los cielos ni vivir con Dios.(24)
“Y no nos dejes caer en la tentación.” Cipriano dice que nada puede el enemigo contra nosotros si Dios no lo permitiere. Hay dos formas de que el diablo nos ataque, una por nuestros pecados, es decir , porque al alejarnos de Dios le damos paso al diablo, y es una forma de castigo por nuestros pecados, la otra es la que permite Dios para poner a prueba al justo. Pone por ejemplo varios caso del A.T., tanto a nivel colectivo como individual: Cuando Nabucodonosor atacó Jerusalén, “Y la entregó el Señor en su mano”, (Dn. 1, 1-2); y a nivel individual, cuando Salomón pecó,”Y despertó el Señor a Satanás contra el mismo Salomón.” (1 Re.11, 23). Otro caso es el de Job, en el que Dios permite a Satanás que lo tiente como prueba, para fortificarlo y robustecer su fe. Y por último nos invita a Velar y Orar para no caer en tentación. (25-26)
“Más líbranos del mal”. Al terminar la oración del Padre Nuestro con esta petición, dice que ya no nos queda nada más porque pedir, ya que nos aseguramos toda la protección de Dios contra todo tipo de mal. Ni al diablo ni al mundo se le debe de tener miedo, al tener la seguridad de que Dios nos protege de ellos. (27)
Concluye con consideraciones oportunas: Hace elogio del Padre Nuestro y resume lo esencial que debemos pedir, y haciendo una síntesis de la Ley y los Profetas en “Escucha, Israel….amarás al Señor tu Dios…”Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Y a continuación dice que “Todo lo que quisierais que os hagan los demás hombres, hacédselo vosotros a ellos, pues a esto se reduce la Ley y los profetas.” (28)
Aconseja rogar continuamente, como Jesucristo, en especial nosotros que somos pecadores, ya que Jesucristo no lo fue. Y rogaba por sus discípulos y por aquellos que creerían a través de ellos, por nosotros. Pedía la unidad entre nosotros, como Jesucristo era uno con el Padre, nosotros fuéramos uno con Cristo.(29-30)
Exhorta a los sacerdotes a que animen al pueblo a levantar el corazón cuando empiecen la oración del Padre Nuestro, al ser la oración por excelencia y recomendada por Jesús.
Es necesario estar en vela, como nos decía nuestro Señor. Comenta algunas citas del A.T., “Yo duermo, y mi corazón vela” (Cant. ,2), de San Pablo a los Colosenses “Perseverad en la oración, velando en ella” (Col.4, 2). (31)
Recomienda la oración, junto con ayunos y limosnas. Toda oración debe ir acompañada de obras. También nos recuerda que las obras, en especial la limosna, nos llevan a que Dios esté predispuesto a aceptar nuestras súplicas y oraciones, como recuerda en el caso del centurión Cornelio,”… tus oraciones y limosnas han subido hasta la presencia de Dios, que las tiene presentes” (Hch.10, 2-4). (32)
Continúa con la efectividad de las obras en cuanto ayudan a conseguir los objetivos del que ora, nombrando el pasaje del libro de Tobías en referencia al reconocimiento que hace el arcángel Rafael a la piedad de Tobit. Hace en general un elogio a la práctica de la limosna, basándose, como siempre, en citas bíblicas del A.T (Is.58,6-9) y del N.T., (Filp. ,18) (33)
Llama a la constancia en la oración, repartiéndola metódica y diariamente en horas. Recuerda a los tres jóvenes con Daniel que observaron la hora de tercia, sexta, y nona, prefigurando el misterio de la Trinidad, que se revelaría en los últimos tiempos. Comenta tres grupos ternarios de horas como una perfecta trinidad. Recurre a hechos concretos de la Sagrada Escritura en los que Dios ha actuado a una hora determinada, como cuando en la hora tercia descendió el Espíritu Santo. Fue en la hora sexta, cuando Pedro subió a la azotea de la casa y tuvo la visión sobre los alimentos puros e impuros, relacionados con la duda que tenía de aceptar a los gentiles en la Iglesia. El Señor fue crucificado en la hora sexta y en la hora nona falleció y entregó su espíritu al Padre. (34)
Dice que además de las horas que guardaban los antiguos en la oración, con los nuevos tiempos han aumentado los tiempos de orar a la vez que los misterios. Se ha de orar muy temprano en recuerdo de la resurrección del Señor, y cita un par de textos del A.T. para confirmar que es conveniente la oración muy temprana. (Ps. 5, 3-5), y (Os. 6,1), y también al retirarse el sol, también, y especialmente por la noche es importante la oración, a todas horas ha de estar el cristiano en vela y orando. (35 y 36)
Conclusión
San Cipriano al principio de este tratado destaca la importancia que concede a la oración en común, en unidad y paz de espíritu y de sentimientos, idea que llevaba grabada en el alma Cipriano (8). Se encuentran noticias de usos litúrgicos, como el del sursum corda (‘Arriba los corazones’ en latín) , expresión del prefacio de la misa.(31)
La fuente principal de este tratado sobre el Padre Nuestro está en el “De oratione” de Tertuliano, si bien depende de él en menor escala que el “De Patientia”.
Ha tomado la idea general, muchos detalles y hasta algunas expresiones; pero la estructura y desarrollo son distintos, pues el de Cipriano es más extenso, ganando en unidad y armonía sobre el de Tertuliano. Su influencia en otros Padres posteriores se puede ver por ejemplo en Hilario de Poitiers, San Agustín, Casiodoro, etc.
A pesar de su gran erudición utiliza un lenguaje claro y sencillo, en tono parenético, más pastoral que doctrinal.
Al leer este tratado se aprecia el gran conocimiento que tiene San Cipriano sobre las Sagradas escrituras y como sabe unir todos los aspectos de la oración en torno a la oración principal del Cristiano, El Padre Nuestro.
TRABAJO SOBRE EL TRATADO DEL PADRE NUESTRO DE SAN CIPRIANO
SAN CIPRIANO DE CARTHAGO
Manuel Pinar Gascón